Beca EPTI

Beatriz Illescas Putzeys es alguien muy especial para EPTI. Fue alumna de EPTI y durante ocho años dirigió el área de inglés de la institución.  Hermana menor de Silvia, Beatriz tuvo a su hermana y sobrina como alumnas,  algo que fue extraordinario para las tres. A continuación pueden leer las palabras de Beatriz al explicar la Beca que otorga EPTI cada año y que dirigió durante la entrega de la Beca en el año 2003.

«Como no me gusta quedarme con los méritos de otras personas, quiero contarles que este año le pedí a mi sobrina, Johanna,- primera beca « Sylvia Illescas de Mittelsteadt», que me ayudara con el discurso de la Beca. Muchos de ustedes saben que este año, una vez más, ha sido sumamente difícil para mí y toda mi familia.  Por momentos, me he sentido totalmente desgastada e incapaz de continuar; pero, ¡cómo no estar aquí compartiendo la alegría de todos ustedes!  Cómo decir no, cuando es mi obligación y mi alegría, de una forma dulce y también un poco triste, entregar esta beca.  Así, queridas graduandas, alumnos, amigos, este es el relato de la hija de Sylvia, con mi granito de arena y mucho cariño para las dos personas que se han ganado la Beca Epti este año.

El año 1998 fue para aquélla promoción, como lo fue para ustedes el año 2000. Fue un año en el que un grupo de personas decidió, en forma individual, aceptar el reto de estudiar traducción jurada. Cada una, con su propia personalidad, sus talentos, sus complicaciones y sus responsabilidades, al igual que ustedes, decidió poner a prueba su habilidad para aprender cosas nuevas y, por qué no, también para hacer amigas nuevas.

En ese grupo había un poco de todo: jovencitas recién graduadas del colegio, madres jóvenes, mujeres profesionales, madres dedicadas a sus familias…  Al empezar el segundo año de la carrera, el grupo de la mañana ya se había reducido.   Ustedes saben muy bien que no todas la que empiezan esta carrera la terminan, porque no es tarea sencilla.  Pues bien, este grupo que iba quedando en 1999 era un grupo trabajador y, sobre todo, un grupo que llegó a integrarse muy bien. Todas  eran amigas dentro y fuera del salón de clase. Un dato interesante de ese grupo es que madre e hija estudiaban en la misma clase. Una de ellas era Sylvia, mi hermana; la otra, Johanna, mi sobrina.

Una tarde estaban varias de la clase estudiando en la casa de mi sobrina, cuando mi hermana las llamó, y les dijo que ella no podría llegar porque se había sentido mal y le estaban haciendo exámenes. Mi sobrina salió inmediatamente a ver a su mamá y le dijo a sus compañeras, que quedaban en su casa, que estudiaran, y que la última en irse cerrara la puerta con llave al salir.

Ustedes saben cómo es cuando uno se enferma: primero piden exámenes y luego otros análisis y se van varios días. Mi sobrina visitaba todos los días a su mamá y un día Sylvia le dijo muy sorprendida y apenada que se le había olvidado mandar el cheque del pago del mes de abril a la Escuela de Traducción, y que le dijera a Lucrecia de Goicolea que en cuanto ella volviera le pagaría. Mi sobrina se lo dijo a Lucrecia, y ella le respondió: «Dile a tu mamá que ella sólo se ocupe en mejorarse y que por esto no se preocupe, porque este año ella será mi invitada.» Unos días después, Johanna convenció a mi hermana de que fueran a las clases, al examen para el cual no habían estudiado. Con pena de hacer un mal papel, fue al examen, repitiendo entre el carro: «Yo, Sylvia Illescas de Mittelstaedt, traductora jurada,  autorizada en la República de Guatemala… »  Ambas aprobaron muy bien el examen de Anita. Esa fue la última vez que Sylvia asistió a clases.  Pocas semanas después se fue con Dios y se llevó el cariño de sus amigas y el corazón agradecido con Lucrecia, por su generosidad, por su genuino interés y por su cariño incondicional.

Para todo el grupo de alumnas y maestras de la Escuela fue un golpe durísimo, pues Sylvia se había ganado el cariño de todas.  Se fue muy pronto, en el mejor momento de su vida. Dios la llamó cuando ella mejor estaba: joven, llena de ganas de vivir, realizada como madre y esposa y empezando a hacer algo para ella, feliz con sus nuevas amigas.

Como es de esperar, mi sobrina dudó mucho volver a clases sin su madre.  Un día recibió una carta de Lucrecia, en la cual le explicaba que ella  deseaba cumplir el ofrecimiento que le había hecho  a Sylvia y le extendía a mi sobrina el cariño y la generosidad de  « invitarla» a estudiar el segundo año de la carrera. En la carta  le explicó que ella deseaba honrar la memoria de su madre y que había pensado que la mejor manera de hacerlo era  instituyendo, de allí en adelante, la beca «Sylvia Illescas de Mittelstaedt» para recordarla siempre.  Sylvia deseó seguir estudiando, aún cuando estaba pasando por una dura prueba de la vida. Dejó una huella indeleble en todas las personas que la conocieron.  El nombre de su madre, de mi hermana, sería perpetuado a través de honrar a la alumna que llenara cualidades que vimos en Sylvia.  Por lo tanto, para obtener la beca Epti, la alumna debe ser muy buena estudiante, pero eso no es suficiente. Debe, además, ser trabajadora, solidaria, humilde y generosa, debe desear sinceramente dar lo mejor de sí misma, como Sylvia lo hizo.

Cada vez que nos toca escoger a la persona que tendrá este honor pensamos en todas esas cualidades. Este año al igual que los anteriores es para todas nosotras, catedráticas de EPTI, un verdadero orgullo y una gran alegría que dos personas, dos amigas queridas se hayan ganado este honor. Sé que tengo a mi hermana a mi lado, sé que ella estaría más que complacida con nuestra decisión, sé con plena seguridad que ellas sabrán llevar dignamente está beca, que realizaran plenamente ese sueño por ellas y también por Sylvia. Sabrán trabajar con empeño y profesionalismo y, a la vez, recordar lo afortunadas que son de poder continuar en esa búsqueda que todos tenemos por querer ser mejores personas.

En nombre de Sylvia, de Johanna y el mío, un millón de gracias, Lucrecia, por este gesto de generosidad. Ahora que ya saben cómo nació la beca.  Felicitaciones, que Dios las bendiga.

Y no olviden nunca- como les escribí en el pizarrón en una de nuestras primeras clases:

ONLY THE TEST OF FIRE MAKES THE FINEST STEEL